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AlgaYield, producción de algas en la comarca malagueña de la Axarquía

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Belén y Javier Domínguez pusieron en marcha el pasado año AlgaYield, un proyecto centrado en el cultivo de un microalga, la espirulina, que esperan poder comercializar el próximo año. “Una vez que tengamos toda nuestra espirulina en el mercado, empezaremos a estudiar y aplicar métodos de cultivo de otras especies de microalgas que pueden ser usadas en aplicaciones como la cosmética, la agricultura o la biorremediciación, siempre con el foco bien puesto en el desarrollo sostenible”, explica Belén.

La producción la realizan en la comarca malagueña de la Axarquía. “Decidimos localizarnos en el entorno rural para ser una experiencia clara de desarrollo rural ligado a la innovación, que generalmente se sitúa en polos industriales o en edificios de oficinas”, destaca esta emprendedora.

Para esta ambientóloga las ventajas de emprender en entornos rurales son muchas y más en el caso de un proyecto de emprendimiento verde. “En lo que a sostenibilidad se refiere, resulta mucho más inspirador ser coherente con el mensaje del respeto cuando se ve de primera mano cómo afecta una mala práctica sobre el medio ambiente. Y cuando se está en plena naturaleza, el verde llama al verde”, insiste.


¿Por qué decidiste poner en marcha este proyecto?

AlgaYield surgió por varios motivos. El primero de ellos fue el de dejar de depender de productos de lejanía cuando en realidad se pueden producir en nuestro entorno sin ninguna dificultad; eso ya lo hemos aprendido con otros productos alimentarios pero aún es una asignatura pendiente para el mundo de las algas. Por otra parte, es un proyecto innovador ya que de las algas se conoce por ahora más bien poco, no digo en laboratorios y centros de investigación, sino en la calle y en las tiendas, y AlgaYield nació para poner su granito de arena en la normalización de un recurso renovable con tanto potencial. Por último, y no menos importante, el proyecto se puso en marcha para generar autoempleo y empleo de calidad relacionado con la ciencia, algo escaso en ciudades ultradependientes de otros sectores y que pensamos que con iniciativas como la nuestra puede equilibrarse.


¿En qué consiste?

Producimos una microalga muy nutritiva, la espirulina, en estanques parecidos a piscinas. Después de filtrarla y secarla, ya está lista para ser consumida. Lo bueno de la espirulina es que con poco producto se cubren buena parte de las necesidades alimentarias de la persona que lo toma, de modo que como suplemento alimenticio para aquellos que no pueden comer bien
-por la razón que sea-. Es una maravilla. Además se cultiva en agua y estamos estudiando la posibilidad de hacerlo con agua marina, así que estamos bastante en línea con la adaptación al cambio climático (producir más con menos).


Una vez que tengamos toda nuestra espirulina en el mercado, empezaremos a estudiar y aplicar métodos de cultivo de otras especies de microalgas que pueden ser usadas en aplicaciones como la cosmética, la agricultura o la biorremediciación, siempre con el foco bien puesto en el desarrollo sostenible y la importancia de las economías verde y azul.


 

¿Qué es la espirulina y cuáles son sus principales propiedades?

La espirulina es una cianobacteria, aunque se le viene llamando microalga desde hace tiempo. Es un organismo fotosintético, así que utiliza CO2 para llevar a cabo su función metabólica y a cambio exhala oxígeno. Hemos hecho estudios comparativos y una hectárea de espirulina retira el mismo CO2 que 33.000 árboles en el mismo período de tiempo. Creemos que 33.000 árboles ocupan bastante más, así que además de ser una solución alimenticia, hace un gran favor a los ecosistemas en los que se cultiva.


La espirulina mejora el metabolismo y por tanto ayuda a perder peso, protege a nivel cardiovascular, tiene efectos antioxidantes y antiinflamatorios y tiene una alta concentración de proteínas. Hay gran cantidad de superalimentos definidos por la OMS y la espirulina es uno de ellos, y es que además de ser fácil de consumir y producir a escala industrial -aunque nosotros lo maridamos con métodos artesanales-, crear nuestra startup para su producción nos hace sentir partícipes de la mejora del medio ambiente y de la salud de las personas.


Las microalgas son aún unas grandes desconocidas. ¿Qué sectores pueden beneficiarse de su potencial?


Los campos en los que más se ha investigado sobre los outputs de microalgas son los de la alimentación, agricultura, biocombustibles y cosmética. No obstante, ya hay estudios científicos del uso de microalgas para, por ejemplo, regenerar tejidos creando biomateriales, para su uso en bioconstrucción, depuración de efluentes y colorantes orgánicos de alimentos, entre otros. Estamos seguros de que en la próxima década se descubrirán muchos campos de aplicación en los que los metabolitos de las microalgas serán protagonistas, entre otras razones debido a que es un recurso que se reproduce con facilidad y su cultivo no ocupa grandes extensiones ni consume gran cantidad de recursos, siendo por tanto un proceso respetuoso con el medio ambiente.


¿Cuáles son las señas de identidad de AlgaYield?

La conexión de la esfera científica con la sociedad es el core de AlgaYield. Los socios promotores veníamos de trabajar como técnicos de investigación en el ámbito universitario y veíamos con pena como muchos de los avances que se conseguían en el laboratorio, adolecían de las herramientas para trasladarse a las personas, a través de productos o servicios claros y tangibles. Por supuesto, el respeto por el medio ambiente y la adaptación a esta nueva era de antropoceno en la que ya hemos entrado, también es otro de los ejes de nuestra actividad, ya que no comprenderíamos nuestra empresa si no fuera porque tiene un impacto positivo en el entorno y también en la sociedad. Por esto último, decidimos localizarnos en el entorno rural, para ser una experiencia clara de desarrollo rural ligado a la innovación, que generalmente se sitúa en polos industriales o en edificios de oficinas. Hace falta reconectar lo que se vende con el mensaje que lo hace vendible y teniendo las condiciones adecuadas todo se hace mucho más fácil y fluido.


¿Cómo es el equipo del proyecto?

El equipo de AlgaYield está formado por dos colaboradores, uno con perfil de gestor económico, de recursos y de mercados,  y otro con perfil técnico-científico, además de por mí, que me dedico a tiempo completo al proyecto. Con esfuerzo y algo de suerte, conseguimos inversión privada por parte de business angels y así conseguir el capital semilla con el que comenzar a hacer pruebas y testeos de cultivo hace un año. También contamos con el asesoramiento y la supervisión continua de varios grupos de investigación de la Universidad de Málaga, por lo que casi consideramos a estos investigadores parte de AlgaYield.


Desde luego, el equipo no podría serlo si no compartiéramos los mismos valores y no viéramos que efectivamente las microalgas tienen un potencial asombroso del que todos queremos participar. En los próximos meses, una vez que tengamos las primeras tandas de producción a gran escala, tenemos intención de ampliar el equipo con varios especialistas de cultivos microalgales y biotecnología.


Vuestro proyecto se desarrolla en un ámbito rural. ¿Cómo repercute en la Axarquía de Málaga?

La Axarquía malagueña no está falta de iniciativas de emprendimiento rural ya que en los últimos años ha habido un boom de empresas tecnoalimentarias, muy ligadas al cultivo de frutas subtropicales que suelen exportarse a otros países de la UE. El problema de este boom viene a consecuencia de que estos cultivos no son muy respetuosos con el medio ambiente, ya que consumen mucha agua (sobre todo el aguacate) y la Axarquía es una región en la que los decretos de sequía suelen ser bastante recurrentes.

AlgaYield está localizada en un pequeño municipio de esta región, Moclinejo, y en palabras de los propios técnicos de emprendimiento de los organismos públicos que nos han ayudado a instalarnos, supone un punto de inflexión el hecho de ver nuevos sectores instalarse en sus municipios, para así evitar las fórmulas “mono”, que hacen altamente dependientes y vulnerables a las zonas en las que se asientan. Además el cultivo de microalgas, por extraño que parezca, consume mucha menos agua que el de estas frutas (gran parte del medio de cultivo se recicla) y al cultivarse en volúmenes y no en superficies, también hace que sea mucho más eficiente.


¿Hasta qué punto tu formación como ambientóloga te ha impulsado para poner en marcha esta iniciativa?

¡Al 200 %! Ser ambientóloga, por experiencia propia y de colegas de profesión, más que una titulación puede llegar a ser una forma de vida. Durante los años de estudio se empieza a ver todo con una transversalidad que se inserta como un chip y es que te empiezas a dar cuenta de los efectos-causas sobre el medio ambiente de todo lo que te rodea! Creo que es algo común entre todos los ambientólogos.


Teniendo esta base y el gen del emprendimiento despertándose, sabía que cuando la iniciativa pasara del canvas a la realidad, tenía que ceñirse a unos principios básicos de respeto por las personas, el medio ambiente y la comunidad.




¿Cuál es el impacto ambiental de AlgaYield?

Para que la planta de producción de microalgas funcione necesitamos cuatro recursos externos básicos: territorio, agua, luz y sales minerales. La finca en la que estamos situados la elegimos precisamente para no modificar el territorio, ya que tiene una cota muy suave y eso hace que casi no sea necesario intervenir sus suelos, siendo la instalación muy respetuosa con las formas naturales del medio físico.


Nuestro impacto ambiental es muy bajo en comparación con el de otras empresas agroalimentarias de la zona, ya que no utilizamos pesticidas ni fertilizantes y los cultivos actúan como un sumidero muy potente de CO2. Además, el agua que utilizamos en los cultivos pronto será marina para así dejar de depender de un recurso que compite con el dar servicio a las necesidades básicas de las personas, y queremos ser prosumidores (productores y consumidores) de nuestra propia energía durante el primer semestre de 2019.

Con todo ello pretendemos que nuestra huella ecológica sea nula o que incluso se traduzca en una huella con forma ‘like’ por parte del medio ambiente.


¿Consideras que los entornos rurales ofrecen buenos posibilidades para el emprendimiento en clave sostenible?

Desde luego que sí, pero tiene que haber voluntad por parte del empresario y también por parte de los organismos públicos. Para AlgaYield ha venido siendo fácil hasta ahora porque es un proyecto que llama la atención y hemos recibido una ayuda inestimable, tanto a nivel de contactos que nos podrían ayudar, como asesoría en asesoría o gestión. Igualmente, cuando hay algo que sobrepasa el sota-caballo-rey de los pequeños municipios se forman cuellos de botella que en las grandes ciudades es más fácil de solventar.


¿Cuándo esperáis poner  a la venta el producto?

Empezamos a producir en el último trimestre de 2018 y sacaremos nuestras primeras partidas a la calle en los primeros meses de 2019.


En esta primera fase del proyecto, ¿cuáles son los principales retos a los que hacéis frente?

Como con toda empresa, los principales retos están relacionados con los recursos internos, sean del tipo que sean. Hay que saber estructurarlos y manejarlos muy bien para que la cosa siga funcionando, tanto a nivel técnico como económico, comercial…


En nuestro caso concreto, podríamos decir que el encontrar una finca idónea y una empresa que nos instalara la planta de cultivo y que comprendiera nuestros valores han sido dos buenos retos.


¿Qué ventajas tiene emprender y qué dificultades?

Emprender es una aventura para la que hay que tener las cosas muy claras. Lo primero de todo saber qué vas a hacer, cómo lo vas a hacer, con quién lo vas a hacer y a quién vas ayudar con tu solución.

Las dificultades están muy ligadas a que al ser un proceso lean, en cambio constante, cada una de esas parcelas pueden cambiar y redefinirse sobre la marcha, por lo que hay que saber reaccionar rápido y adaptarse bien. Obviamente también hay trabas burocráticas y económicas que no vienen al caso, porque cuando emprendemos sabemos que la cuota es cara, que hay colas que son lentas, que hay visitas a ventanillas que tendremos que repetir y cosas por el estilo.

Ahora bien, las ventajas son infinitas si las cosas se hacen con buena letra y van desde poder trabajar en lo que te gusta durante mucho tiempo o toda la vida, ser tu propia jefa, impregnar el proyecto con la filosofía que consideras correcta, hasta ayudar a personas y empresas con un producto o servicio que hace falta para que el mundo funcione un poco mejor.


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